El término shock rock se lleva utilizando desde hace décadas como sinónimo de teatralidad en la música. Esto, visto de pasada y bajo un sesgado análisis, nos puede plantear dudas, dejándonos a la postre un mal significado de lo que realmente representa esa catalogación. Si tomamos como punto de partida la palabra shock, ese colapso o conmoción, descubrimos que las artes escénicas a las que se refiere no son simple vodevil. La impresión por medio de juegos de efecto que rompan el esquema inicial del espectador es lo que se busca en este tipo de espectáculos. Rock, segunda palabra de la pegatina, enmarca fielmente al género mayoritario al que pertenece esta clase de motivación artística. Sería sencillo citar nombres como el de Jimi Hendrix, The Who o The Move en los 60. Aquella batalla campal sobre las tablas, representada por la quema de guitarras uno, el pataleo contra amplificadores y set de batería otros o, mismamente, el ensañado aporreo de televisiones los últimos (colocadas a la sazón por el propio conjunto británico), es representativa aunque no resolutiva. Si únicamente nos basásemos en ese valor y lo tomásemos como primordial deberíamos meter en el mismo saco a un largo etcétera de cantantes, instrumentistas y combos. Sin ir más lejos, Ritchie Blackmore, guitarrista de Deep Purple y gran admirador de Hendrix, gustaba en su apogeo con la conocida como mark II del conjunto (con Ian Paice, Jon Lord, Roger Glover e Ian Gillan, como resto del quinteto) de tocar con la suela de su zapato sobre el mástil de su Fender Stratocaster, al igual que terminar partiendo el mismo y hasta, si se le ponía la ocasión en bandeja, machacar cámaras de televisión (en este caso de medios de comunicación, como ocurrió en el festival norteamericano de 1974 California Jam en el que compartieron cartel con los Eagles, Black Sabbath o Emerson, Lake & Palmer, entre otros).
Hay que despojarse del mero acicate puntual para detenerse finalmente en el término conmoción, esa forma de proceder pareja a la misma actuación musical y que transforma en género algo que podría asimilarse a una anécdota estanca. El shock rock como tal se encuadra en una década perfectamente enmarcada como fue la de los años 70; y a la hora de subrayar su máximo valedor el nombre del estadounidense Vincent Furnier, más conocido a nivel artístico como Alice Cooper, siempre encuentra su olimpo en todo análisis, reportaje, artículo o reseña que se precie. Aun así, y no negando la importancia capital de las puestas en escena de Cooper, que sin duda popularizó tan característica forma de entender la farándula, no se debe uno cegar por la purpurina del glam más efectista a la par que efectivo. La cosa viene de antes y tiene en tres cantantes unos fuertes pilares que de una u otra forma cimentan las claves básicas con las que posteriormente jugarán estrellas como Furnier y demás valedores del invento. Probablemente por edad debemos acercarnos en primera instancia a Jalacy Hawkins. Él, conocido en el mundo del rock and roll como Screamin’ Jay Hawkins, se apoyaba en la imaginería vudú y todo lo que pudiese dar un toque macabro a su apuesta visual para lograr salirse del estándar. Promueve el uso de escalas seudo operísticas y excesos vocales que de forma deliberada dotan de una teatralidad a su voz ideal para fundirse con la atmósfera planteada. Bombas de humo, calaveras o ataúdes son piezas que no pueden faltar en las prácticas músico-visuales de Hawkins. ¿Dónde está lo transgresor en todo ello? Muy sencillo, Jalacy ya montaba estos pitotes en la segunda mitad de los 50. “I Put A Spell On You”, su canción más recordada, está dentro de la lista de las conocidas como 500 Songs That Shaped Rock And Roll creada por la institución The Rock And Roll Hall Of Fame. Dicha tonada, entre la multitud de tributos y homenajes por los que pasaría con los años, sería recuperada en la siguiente década por el combo británico The Crazy World Of Arthur Brown. Tras una larga carrera en la que Screamin’ Jay Hawkins llegó a flirtear con el séptimo arte, este músico afroamericano fallecía en 2000 tras una operación para tratar un aneurisma.
Jalacy se pirraba en sus años mozos como oriundo de Cleveland por cualquier propuesta cercana al campo operístico. Tal era esa obsesión, que tenía como ídolo al inmenso Paul Robeson. Aquellas ganas de triunfar en grandes auditorios ejercitando el bel canto se vieron pronto truncadas, no así su talento como artista. Con la edad, y antes de ser reconocido como Screamin’ Jay Hawkins, el santón vudú del Rock And Roll sudando Blues, esta controvertida figura sirvió en el Océano Pacífico durante la Segunda Gran Guerra, al igual que se ganó una apabullante fama de boxeador de primera. En el 51, y tras su unión al instrumentista Tiny Grimes, todo cambiaría para nuestro hombre. Tras salir de esta etapa de transición Jalacy crea ese alter ego vibrante, maléfico y seductor por el que sería reconocido para los restos. Ahora vemos recuperado en las tiendas con nueva cara pero igual portada el “Cow Fingers And Mosquito Pie” de 1991, algo así como una compilación para conocer las verdaderas razones (musicales) que hicieron de Hawkins un precursor; ese loco siempre cuerdo que hasta su vejez la supo acompañar por todos aquellos éxitos que le separaban de cualquier estética de instituto, pompones y hamburguesas. Títulos de canciones como “Little Demon”, “Alligator Wine”, “Temptation” o el mismo “I Put A Spell On You” lo atestiguan.