Cuando alguien es capaz de tomar lo que podría ser una metáfora del cambio actual en el ritmo social, con todo lo que ello conlleva, y transformarlo en un libro de una claridad suprema sobre la lucha interna del ser humano por moverse y hacerse ver en la pecera del “qué dirán”, ese autor logra tocar el techo y quedarse por mucho tiempo en lo más alto. Posiblemente un literato y periodista como Tom Wolfe no necesite de nuevas vueltas de tuerca pero, en fin, quién sería este hijo de Richmond, Virginia, si no lanzase una jugada inesperada en cada mano.
Con “Todo Un Hombre” el lector se siente sumergido en una lucha de clases que en el sur de Estados Unidos toma un cariz especial. Si tuviera que asemejar el ritmo de la obra con imágenes grabadas para un largometraje que se pueda exhibir en la gran pantalla, tal vez la filmación sería una pieza como aquella irresistible “Amores Perros”. Wolfe se las ingenia para pulsar espacios en su pantalla táctil conceptual y con saltarina visión fragmenta todo un cosmos en miniatura que se rige por unas normas que a muchos mortales ni rozan. El juego del gato que no quiere ser ratón aunque sus orejas ya parezcan las de Mickey Mouse, la lucha de la elite en sus giros y triquiñuelas para quemar etapas y salir victoriosos, son toda una lección de lo encaprichado que está el ser humano en comprar caretas que no concuerdan con su rostro original.
Personajes como Charlie Croker, Roger Blanco al Cuadrado, Ray Peepgass, por poner tres ejemplos claros, son figuras que gracias a la exposición del autor pueden cumplir su función bajo el rol del bueno, al igual que en pocas páginas se atan al cuello la reconocible capa de malo malísimo. Pone en balanzas las aportaciones de los okies, de los hijos del terruño, como nuevos ricos. De gente poco preparada que sólo con agallas levantan un imperio para el que no conocen la correcta forma de comandarlo. Todo ello se termina mezclando con la rama filosófica de Los Estoicos, una visión que de la mano del mismo Zeus aporta un antiguo empleado gafe (o tal vez no) de Croker a la historia, trastocando todo y ofreciendo un punto de vista puro a la par que alocado.
Por todo ello Tom Wolfe queda como un verdadero hiperrealista literario, un escritor que es capaz de plasmar el a primera vista sencillo pero totalmente enrevesado mundo real. Su forma de captar la esencia de cada ser humano, de cada estrato social, de cada vecino de una u otra localidad (con sus acentos, jergas, modismos y demás), aporta al libro un aire de realidad aplastante que no he leído en ningún otro periodista novelado.
Sergio Guillén