Probablemente, la poesía más cercana al cómic sea algo
muy parecido a lo contenido en este libro. Poemas fáciles, sexys y
románticos en el sentido más interesante de la expresión.
La poesía de Luis Alberto de Cuenca es infrecuente en el género;
casi nadie escribe con tanta claridad, con un estilo perfectamente válido
para redactar sueltos de prensa o hacer una espontánea declaración
de amor a mitad de platos en un restaurante. De puro sencillo, a veces uno
puede caer en la tentación de considerarlo vulgar o, como poco, lineal,
demasiado quizá, si se cae en la cuenta de las enormes expectativas
tantas veces depositadas sobre un poema. Ese dualismo en la valoración
de sus composiciones recorre toda la lectura de este pequeño itinerante
homenaje al mundo de los deseos, el cine y el cómic.
Sorprende también la ternura, ese sentimiento de desvalido cariño depositado sobre casi todos los seres para quienes de Cuenca ha regalado un canto. He aquí otro caso de adorable poesía post moderna, donde tan importante como el contenido de la estampa, es la intención de la mirada, el encuadre de la foto. Dentro de este pequeño catalogo de viajes invisibles y míticos, brillan con oscuridad propia unos cuantos que merecen ser señalados a modo de insinuación. Me estoy refiriendo a “Homo Homini Lupus”, “Bébetela”, “Otelo”, “Mosca y Gloria”, “Buenas Noches”, “El Puente de la Espada”, “No Sé Como Lo Haces”, “Se Ha Vuelto a Hacer de Noche”, “La Noche Madrileña” y “Sólo el Silencio Salva”.
Con estos poemas sucede algo excitante que no ocurre con la mayoría de la poesía y es que uno puede regalarlos, compartirlos, beberlos en compañía. Son poemas tan atractivos y condensados como viñetas. Esa adoración por la estética y ética cómic, encuentra un universo propio gobernado en primer lugar por la sirena a quien está consagrada esta obra: Alicia, quien de un modo explícito o implícito recibe toda clase de memorias, deseos, reproches y adoraciones por parte de este cronista caballero que va desandando recuerdos y fantasía para ella. Para ella y para todos los que alguna vez soñaron encontrar una chica con "alma de película de Hawks" ? por decirlo apresuradamente, una princesa maliciosa, impredecible y muy divertida además de hermosa ?.
En realidad, cualquiera puede visitar este museo de bellezas desapareciendo y ofreciéndose, un territorio que vincula Camelot y los gatos de una niña y adolescente. Aquí hay un universo propio que combina adagios latinos ? como el que da nombre al libro "Sin Miedo Ni Esperanza" ? con visiones nocturnas, urbanas y rabiosamente vigentes, eso por no hablar de varios monólogos después de la tempestad donde se mezcla el silencio con la ansiedad y otros familiares del vacío. Un vacío que este burlador de la derrota trata de negar llenando la copa, aferrándose a los viajes interestelares de Flash Gordon y seduciendo a cuantas desconocidas le recuerdan el amor de su princesa aguardando en la playa que alguna vez le perteneció.
Alguien leyó algunas de estas historias y le pareció que las
podría escribir cualquiera. Cualquiera con sentido de la proporción
y de la belleza me atrevería a aclarar. De acuerdo, hay poemas insultantemente
sencillos, otros que abusan del lugar común o la metáfora trillada
pero por encima de todo se elevan algunas composiciones con un sentido único
del ritmo, la emoción y, claro, la belleza.
Pedro Fernaud