Recrear el ambiente de una gran ciudad a finales del siglo XIX parece en principio
una tarea ardua. Si a eso le añadimos la construcción de una
trama donde los protagonistas se devanan los sesos en busca de la identidad
de un asesino en serie, la cosa se complica aún más. Caleb Carr
asume con valentía el riesgo y se embarca en una novela en la que el
lector se sumerge sin complicaciones, auxiliado por una trama consistente
que se va enredado en la mejor tradición de la historia de detectives.
Alienistas era como se llamaba en el siglo XIX a los psicólogos, avezados
pioneros de una rama de la medicina que en el mejor de los casos era observada
con nada disimulada desconfianza por los compañeros de profesión
y muchas veces era considerada poco menos que como pura charlatanería.
No es propósito de la obra abrir una investigación sobre la
historia de una disciplina que hasta Freud no alcanzaría la mayoría
de edad. Caleb Carr es consciente de sus limitaciones y de la exigencia de
un público que demanda entretenimiento puro y duro.
“El Alienista” cumple de sobra con estas exigencias. Para que me entendáis, Caleb Carr ha construido un híbrido entre el gran clásico de Poe “Los Asesinatos de la Rue Morgue” y este sospechoso caníbal actual que es el doctor Lecter de “El Silencio de los Corderos”. Sin pretender establecer comparaciones (sobre todo con el genio Poe), este comentarista no puede menos que quitarse el sombrero ante la habilidad del autor para recrear ambientes sórdidos en un país donde la doble moralidad parece haber imperado desde sus mismos orígenes. Al lado de los ciudadanos “normales” convive todo tipo de escoria social. Caleb Carr retrata, sin caer en el fácil dogmatismo, que mientras los potentados cenan en restaurantes de lujo, niños de trece años ofrecen su cuerpo en un intento de sobrevivir al hambre antes de llegar a la edad adulta.
Si en “Insomnia” Stephen King se valía de la polémica
anti o pro abortista para insuflar un cierto morbo a su historia, en “El
Alienista” Caleb Carr recurre a un tema no menos polémico: el
feminismo. En efecto, uno de los protagonistas de la obra es una mujer. Sara,
que se muestra como insólita excepción al ser la única
de su sexo que trabaja en el departamento de policía de la ciudad donde
se cometen los asesinatos. Por si eso fuera poco, Cale Carr retrata al protagonista,
el doctor Laszlo Kreitzler, con los atributos propios de un Van Helsing (el
principal perseguidor de Drácula) marcado con los estigmas de una tara
física de origen desconocido. Si a ello unimos un departamento de policía
corrupto, un carrusel de prostíbulos infantiles y una denuncia sobre
la inexistencia en la época de una legislación que protegiera
a los menores, se traduce enseguida que nuestro hombre no ha escatimado esfuerzos
a la hora de escribir una obra polémica en la que el lector se sumergirá
sin esfuerzo.
Emilio Morote