No más que dos estancias, a lo sumo tres, pero en definitiva un microcosmos,
un mundo de juguete en el que sus personajes manejan sus vidas. ¡Pobre
humanidad! No podrán jamás hacerlo, es simplemente un sueño.
La vida es la que les mueve como simples alfeñiques a su entero control.
La pobreza afecta hasta al aire y se hace difícil respirar sin que
les venga a la cabeza una acritud, un odio... en definitiva, una desesperación
sistemática que será disfrazada de astucia y oportunismo cínico.
El desalojo de la razón fue hace bastante tiempo, el polvo ya ocupó sus carencias y es sólo un teatro de lo absurdo. La sociedad aprovecha sus ínfimas bazas para actuar en vidas que no son las suyas, son meros desbarajustes de unas personalidades cansadas de aguantar. Conexiones absurdas a relaciones de compromiso, que tendrán como fin la obtención del vil metal. En una palabra: sobrevivir. Aquí el grande come al pequeño y los parásitos aprovechan la situación para paliar, irónicamente, sus inmensas necesidades de poder malvivir algún tiempo más. Sus vidas se balancean por los maltrechos caminos de la ignorancia que produce esa ceguera total que nos trae el hambre y la necesidad.
Un lugar, un monumento a la modorra, esa casa de todos, a la que todos aman
y odian con igual intensidad. En la que sus inmensas pitanzas y dispendios
económicos se ahogan en un vaso de oscuro brebaje con amargo sabor.
Donde el hielo es tan frío como las estufas y la alegría impera
en la encadenada despensa. El sexo como escape de la realidad y como única
vinculación con un dinero rápido, fácil... sí,
fácil, pues cuando el demonio del vacío asola los estómagos
no hay dudas morales, no hay prerrogativas, no hay vergüenza y lo que
impera son las brillantes monedas, única respuesta a una búsqueda
de felicidad inusitada.
Sergio Guillén