Pocos
libros, por no decir ninguno, han sabido retratar el ambiente y la vida diaria
de un hospital psiquiátrico como la obra que nos ocupa. No en vano,
su autor, Ken Kesey, pasó un tiempo trabajando en instituciones psiquiátricas
(no ingresado en ellas, como algunos creen). Así, el autor contaba
con material de primera mano para dar vida a unos personajes que son en sí
mismos unos clásicos de la literatura de todos los tiempos.
Después de dar un somero repaso a la lista de secundarios y figurantes (una delirante pléyade de colgados de todos los colores), llegamos al eje de la acción: el enfrentamiento entre el protagonista Mc Murphy y la enfermera jefe Ratched, la “Gran Enfermera”, parafraseando a Orwell, que es quien en definitiva lleva el mando de la planta donde está ingresado Mc Murphy. Éste es un inadaptado social a quien, por razones que no se acaban de explicar claramente en la novela, se ha decidido ingresarle en la institución psiquiátrica que gobierna la enfermera Ratched. McMurphy parece desde el primer momento obsesionado por cambiar las reglas que rigen el pabellón donde se encuentra ingresado junto con otros diez o veinte perturbados que al final parecen no serlo tanto. La enfermera Ratched representa la principal amenaza para el protagonista y viceversa. Ambos se enzarzarán en un duelo del que sólo uno podrá salir con bien.
Quienes hayan visto la película encontrarán más de una
sorpresa en el texto original de Kesey. Aquí el jefe indio, que en
el film era sólo un actor secundario, toma el papel de narrador, de
narrador testigo para ser más exactos, y su percepción de la
realidad que le rodea (con grotescas alusiones a una supuesta maquinaria oculta
por las paredes del manicomio que controla todos los actos de sus habitantes)
proporciona al libro un aura que falta en la película protagonizada
por Jack Nickolson. El libro se lee de un tirón, y desde aquí
lo recomendamos a todos aquellos que se inicien en el mundo de la lectura
o quieran profundizar más en ella.
Emilio Morote